la brisa inocente entregada al
color.
La última punta de un naranjo pálido
que no brilla pero si
presiente.
Se esfuma, difumina, marca el paso del día y de la noche
que se entrega, como yo me entrego a estas rocas conocidas
ya.
La calma inquieta y serenidad infinita
de un mar estridente, imperturbable arenal
perturbado.
Frías manchas oscuras ofrecen a las gentes un sustento y una historia.
Nubes, eternas grises deambulan en el día, y en la
noche.
Secreto abismante, de dimensiones llanas y profundas.
Altura mesurada, lianas costeras de directrices curvas y violentas en
punta.
Este es mi sitio, es mi olor, es mi penacho,
mi cena, mi
asombro.
Anidan cientos de miles de almas vivas
de andar en un hóspito arenal de
mar.
Desierto, oh desierto costero
que ayudas a triunfar a los amigos y enemigos de la providencia, el devenir de los
eones.
El tiempo se nota astuto y pasivo, pero ardiente y manso.
Sabia brizna del cielo y las nubes, que inunda una tierra de brillos y colores palpitantes al asomo del paso del
hombre.






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