martes, 26 de diciembre de 2017

Un poema y un cuento, del año 2012

Gracias

gracias
repetidas gracias todo el
día
ni muchas
ni pocas.
ofreciendo las gracias
con o sin
propina

ni muy
fuerte
ni
muy despacio
con ganas o sin
energía


            Una caña de esas. Las que te hacen pensar en un cigarro, y sentir ganas de vomitar.
Con nauseas comenzaba la jornada laboral, tampoco era para tanto. Tres horas y media son soportables. Al poco rato me fui volviendo un zombi, ya solo estaba ahí, como había que estar, diciendo la famosa frase que, en promedio, unas 6 veces cada 5 minutos había que decir: GRACIAS.

El supermercado fluía a un ritmo distinto del de mi mente, pero conversaciones banales y sin valor con mis compañeros hacían olvidar el tedio que era tener que trabajar aquél día. Solo tenía algo claro: no tomar más turnos un domingo.

Empaqué; papas, legumbres, fideos, maceteros, mamaderas, aceitunas, detergente, calzoncillos.
Cada vez más lento, ¿cómo más podía hacerlo? Compartía una pequeña botella con agua con la cajera, y cada más o menos veinte minutos iba y la llenaba. Ella también tenía resaca, y cuando yo volvía, me venía jugando con la botella, lanzándola y alcanzándola en el aire. Cada vez más rápido, uno, dos, tres, cuatro, más rápido…TRPFF!! Sonaba cuando no alcanzaba a agarrarla, y seguía, y seguí toda la tarde así.
Pensé.

Llevaba unos 3 o 4 días sin un almuerzo que ayudase a mi cuerpo; me había dedicado a consumir basura: completos, as, un poco de arroz seco de días, papas fritas, y beber alcohol, como empedernido. No había tenido tiempo para ordenar todo; botellas, colillas, suciedad, vasos rotos, vasos enteros, por dentro y por fuera de la casa. Mis padres habían viajado, pero ya habían vuelto. Por suerte mi tía, que vivía con mi abuela en otra casa detrás de la mía, ya había limpiado todo y quedaba solamente lavar cosas que no habían sido tocadas del lavaplatos desde el miércoles.

Llegué; hola, hola, hola, fui a mi pieza, me desvestí, me recosté, dormí. Una, o dos horas y media después, al levantarme, fui hacia el computador, Google: “clases de malabarismo”. Nada. “clases de malabarismo santiago chile”. Algo…

Era lunes y fui a INACAP. Tenía clases y una ventana. Entonces se me ocurrió nuevamente ir a un computador y le pregunté a algunos de mis contactos de Facebook: “TU SABES EN QUE LUGAR IMPARTEN CURSOS, CLASES O TALLERES DE MALABARISMO?”. En Internet suelo escribir todo con mayúsculas. Mi vecina me dio el contacto de un tipo que hacía acrobacias en telas, o algo así. Me dio la dirección de una casa ocupa, la conocía, quedaba en Ñuñoa justamente donde estudio y a unas 5 cuadras.
Conversaba por celular cuando llegué, colgué, toqué el timbre y de la ventana del segundo piso se asomó una cara conocida… le grité – ¡hey!, yo te conozco, te vi el jueves en la quebrada de Macul, ibas con gente circense, y eres amigo de la Mary-.
Me señaló que empujara el portón izquierdo hacia la casa, el portón derecho se aflojó y abrió. Pensé.

-Hola, una vez fuimos a ver un concierto de Chopin con la Mary, ¿te acuerdas?
-Ah si, hace como dos años, estuvo bueno, ¿cierto?
-Si, bueno, fue hace tiempo. Mira, estoy buscando un lugar donde hagan clases de malabarismo, o talleres, o cursos, y me dijeron que aquí hacían, ¿como te llamas?
-Andy. Mira hay un tipo que vive aquí y él hacía clases, pero lo que yo sabía era que se había retirado. Tu cachai, el loco es como vieja escuela, de un día para otro dijo: “Ah!, me retiro, me aburrió esto”. Y Hace dos días lo vi agarrar un par de clavas y empezó a hacer de nuevo. El problema es que el no está ahora. Pero, ¿tienes tiempo?
-Si, bueno estoy en ventana en la U. Entro a clases a las 15:15 y son las… 13:29.
-Bueno, ¿fumémonos un pito?
-Ya. Pero ando con almuerzo para calentar, ¿tú ya almorzaste?
-No, todavía no, pasa, ahí en la cocina hay microondas.

Pasé, no estaba mal. La casa era grande, la cocina pequeña y descuidada. Saqué mi fuente con porotos al tiempo que llegaba una tipa a la cocina, robusta y de mi edad. Sacó unas ollas, abrió varios paquetes de lentejas, se puso a revolver cosas. Yo era invisible a sus ojos. Le dije “hola”, me miró como si fuese alguien que estuviese aburrida de ver todos los días, me dijo “hola”.
Calenté la comida y salí al patio, ahí estaba Andy con otro tipo, le enseñaba a tocar guitarra, me fijé en la clase mientras comía, eran cosas básicas. A mi lado descansaba un coche con un bebé durmiendo, estaba amarrado o algo así, como si en cualquier minuto pudiese despertar y huir de aquel lugar. También había una tipa sentada, pensaba y miraba el espacio, de vez en cuando se comía una uña, pero cuando no lo hacía tenía aspecto meditativo, como si estuviese tratando de hacer un cálculo muy complicado, pero que luego dejaba de darle importancia, ella también me ignoró.

Cuando terminé fui donde estaban los chiquillos y conversamos. Llegó otro tipo con un bebe más grande, podía caminar, y andaba en pañales corriendo por todos lados. Luego llegó más gente.
Después de unos minutos, Andy miró a todas esas personas, nos miró a nosotros y, con cara de haber descubierto algo realmente importante, nos dijo- ¿FUMEMOS?

Fuimos a su pieza, mientras liaba la yerba llegó un tipo con una guitarra enfundada, luego de un rato la sacó y se puso a tocar. Tocaba de puta madre la guitarra, su estilo era el blues, pero bien estudiado. Todos fumamos y hablamos poco, luego de dos minutos llegó un tipo con su novia, luego una mujer embarazada (calculé que tendría unos ocho meses), otro tipo con apariencia de viajero o algo así y por último otros dos tipos, uno de ellos saludó a todo el mundo menos a mí. Conversábamos y fumábamos, el pito era inmenso, debía tener el grosor de un plumón o algo así. El tipo viajero llevaba la batuta de la conversación, el no fumaba, hablaba y hablaba, yo miraba la pieza del Andy, tenía todo tipo de elementos: clarinetes, guitarras, notebook, san pedro, maceteros, un órgano, cajones peruanos. Yo y el aprendiz del Andy estábamos alucinados con la forma de tocar guitarra del blusero, mientras lo oíamos conversábamos. Andy estaba sumamente preocupado de regar sus maceteros con tierra, aun no florecía nada, pero supuse que debían ser cogollos o algún otro ser vivo alucinógeno, de pronto tomó algo de la mesa y me lo mostró.
-¿Qué es esto?
-Ni idea.
El tipo viajero gritó- ¡ES UN CHOCLO MORADO!- Andy asintió y lo siguió mirando, como si fuese un trofeo o un gran logro. Luego siguió regando.
El blusero dejó su guitarra de lado, yo la agarré y toque un poco, luego le enseñe un poco al tipo que quería aprender, Andy ya se había sentado de nuevo y lo observé, le pregunté:
-¿Qué edad tienes?-
-¿Qué edad me echas?
-22
-¡Jajaja! Las drogas hermano… Tengo 19.
-¡AH!, jajaja, pero tampoco es tanta diferencia. ¿Qué te pasó en el brazo?
-Ah, esto -me mostró- me lo hice hace como cinco años.
Tenía grabada la palabra “SLAYER” en el brazo, con quemaduras de algún grado que lo haya inmortalizado allí. El tipo viajero aún no paraba de hablar:
-NO po compadre, ¿sabis lo que necesitai pa’ que te pesquen en Europa? Necesitai una tarjeta de crédito. Es la única forma. Si llegai y decis “mira, tengo esto de plata” o que aquí, que allá, y andai con cosas raras, te miran y te sacan a patadas del aeropuerto, o de cualquier lado, si cachan como es la hueá. En cambio –imitó un tono siútico- “¿con qué cancela, señor?”, con tarjeta conchetumadre, con tarjeta de CRÉDITO mierda. ¡AH!, pase señor, por acá, vaya por allí, lo van a atender…



Nomblade

No hay comentarios:

Publicar un comentario